Pocos escritores diversificaron tanto y con tanta fortuna su actividad intelectual durante los años veinte y treinta como Antonio Espina (Madrid, 1894-1972), en el que confluyen todas las preocupaciones culturales y políticas de aquella época de crisis y esperanzas. Poeta de rara originalidad, cultivó también la prosa en relatos vanguardistas como Pájaro Pinto (1927) y Luna de copas (1929), y en sus biografías Luís Candelas (1929) y Romea o el comediante (1935). Seguido siempre con atención por la crítica de su tiempo, él mismo fue árbitro del gusto a través sus reseñas literarias y artísticas en Revista de Occidente y La Gaceta Literaria, y uno de los más penetrantes observadores de la modernidad cultural en sus ensayos, aparecidos en los principales medios liberales de la época, del semanario España al diario El Sol. A diferencia de muchos de sus contemporáneos, Espina mostró desde el comienzo de su trayectoria intelectual un raro sentido de la responsabilidad civil, que durante la década de los treinta le llevó a una frenética actividad política.
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